Con el cambio horario y marcada la hora que da paso a la noche, le gente se recoge entre sus cuatro cálidas paredes como si tuviera miedo al maligno, como si la noche trajera frialdad a sus corazones, o una hornada de vampiros acechara sobre sus tejados.

He vivido poco, no por falta de ganas sino de años, pero algo me hace dudar del mañana por lo que, el que pasa indiferente, les dice que la vida hay que vivirla, hay salir a la calle haga frío, sople el viento, o arrecie la lluvia, no entiendo bien ( y digo bien porque bien se puede entender mal ) la pereza que asalta al perezoso.
La cuestión es que llegado el cambio horario y con él la noche, las calles se vacían de almas, los ruídos se apaciguan y con ellos la vida, al menos aquí en Móstoles, Madrid, y yo entre papeles sucios que van recorriendo las aceras, entre calles oscuras y desangeladas, camino sólo, esperando encontrar algo de vida en lo aparentemente ingrávido.



